Vas a la peluquería a que te corten el pelo porque el estropajo ya empieza a revelarse. La peluquera, que es como el médico de cabecera, ya sabe lo que tiene que hacer, así que te sienta, te pone la capa por delante y empieza. Que si ahora la máquina, que si después la navaja, que si ¿así están bien las patillas?, que si ¿cómo te van los estudios? Después de lavarte la cabeza en el rompecuellos y de secarte el pelo, te pregunta si quieres cera. Como que ves que se muere de ganas de untarse las manos con alguno de los potingues que tiene por ahí y de apelmazarte el pelo con el susodicho producto, le dices que vale, que adelante, que como quiera.
Mientras te aplasta la cabeza contra sus manos, te dice que para evitar el encrespamiento (ay, el encrespamiento, tu eterno enemigo) un poco de cera te iría como agua de mayo. Y bueno, eso te gusta, y cuando sales de la peluquería, te vas a los alemanes (que es como le has llamado toda la vida al Schlecker o como demonios se escriba) y te compras un botecito del milagro antiencrespamiento. 5 euros cuesta la mierda de bote. ¡5 euros! Bueno, piensas que es por tu pelo, porque no parezcas un loco. Y vale, pagas los 5 euros. Garnier Fructis Style Brillante Nº 2. Apuntad bien esta referencia para huir de ella en cuanto la veáis.
Hagamos un salto temporal al día de hoy, a esta mañana. Después de la ducha, después de secarte el pelo, el esperado momento. Abres el bote. Huele bien. ¡Qué alegría! Deslizas el dedo índice por la capa superficial de la cera y coges un poco. Frotas los dedos y, con temor pero con decisión, empiezas a untarte la cabeza. Fantástico. Adiós encrespamiento. ¡Adiós! Muajajajaja.
Que te lo creas. Hagamos un salto más en el tiempo. A las ocho de la tarde. Te rascas la cabeza y te la notas pringosa. Claro, la cera. Vas al cuarto de baño y te lavas. Te la enjabonas y luego aclaras. ¿Qué coño es esto? La cera sigue ahí. Mierda, mierda, mierda. Que no cunda el pánico. Seguro que con otro lavado se va… Agua, jabón, frota, agua, jabón, frota. Nada. ¡Joder, joder! Mr. Google seguro que tiene la solución. “Quitar cera pelo”. Resultados: “Cómo puedo quitarme la cera depilatoria de la cabeza?” Me consuela que haya gente peor que yo.
Piensa, piensa. Pruebas con el jabón para las manos, que no es como el champú y quizás es un poco más fuerte y arrasa con la cera. Nada. La puta cera sigue ahí. Mmm… la cera es grasa, y el único jabón que quita la grasa es… Fairy. Vas a la cocina y miras el bote. Le hablas, le dices: “tu no me fallarás, ¿verdad? ¿Puedo confiar en tu poder antigrasa?”. Fairy te dice que sí, que claro, que si con una gota puede lavar todos los platos de Villa Alta, ¿por qué no podrá con tu cera?
Lo pruebas y… nada. La cera se aferra a tu cabello y se ríe. Oyes sus carcajadas. Y piensas que bueno, que al fin y al cabo, su rebeldía tiene fecha de caducidad: el día en el que te quedes calvo, sí o sí, se irá.
Feliç amb la meva nova joguina, un reproductor blu-ray, aquesta tarda m’he posat “Los Cazafantasmas”, per veure-la escarxofat al sofà. Si una pel·lícula em va traumatitzar durant la infància, sens dubte va ser aquesta. Amb 4 o 5 anys, els meus pares me la van posar perquè m’encantava la sèrie de dibuixos, però la veritat és que poca cosa tenia a veure. Ja el principi em feia una mica de por, quan la bibliotecària passeja pels passadissos i comencen a volar llibres, però sens dubte em vaig escagarrinar viu amb l’aparició d’una gàrgola amb els ulls vermells. És d’aquelles imatges que no he pogut oblidar. Òbviament, veient-la ara, és fins i tot graciosa, però en aquella edat allò va suposar nits sense dormir. Realment era terrorífic.
